|
Miguel Saludes
Aquel si convertido en no.
Por Miguel Saludes.
El pasado 15 de febrero se cumplieron tres décadas de existencia
de la Constitución Socialista vigente en Cuba. La prensa cubana
reflejó el aniversario con un editorial breve pero lo
suficientemente enfático como para la ocasión.
Efectivamente aquel 15 de febrero millones de cubanos acudieron
a votar por la primera carta que recogía sus deberes y derechos
como ciudadanos de un país integrado al ampo socialista. No creo
que fueran muchos los que en aquel entonces anularan las boletas
o miraran con malos ojos la propuesta de ley de leyes que ellos
iban a refrendar con su voto. No existía plena conciencia del
hecho histórico que se estaba dando. También se debe tener en
cuenta que hasta ese momento Cuba había vivido fuera de un
formalismo de legalidad constitucional, regida la vida de los
nacionales de acuerdo a las llamadas leyes revolucionarias. No
faltaba quien miraba confiadamente este paso de
institucionalidad legal que al menos daría ciertas garantías a
la sociedad cubana a la aplicación de las leyes se refiere. Los
más inclinados a la aplicación de un socialismo al estilo
europeo en Cuba tenían la esperanza de que la influencia del
Kremlin terminaría poniendo un freno a la manera de gobernar de
un Fidel Castro empeñado en aparecer como un líder independiente
que hacia y desasía a su antojo sin tener en cuenta algunos
límites reconocidos hasta por la nomenclatura moscovita.
Por otra parte no debe resultar extraño que la convocatoria de
referéndum y la anterior discusión del ante proyecto tuvieran
tan amplia participación, inusitada según expresa el escrito
aparecido en la prensa cubana. Aún el proceso revolucionario
ofrecía un mundo mejor para las generaciones futuras del patio y
las hendijas que permitirían una mirada más directa al mundo
externo estaban por abrirse. También hay que sumar a esto el
control absoluto mantenido por el gobierno sobre el pueblo,
ejercido de manera efectiva por la propaganda y la dependencia
al Estado totalitario que todo lo domina: escuelas, sindicatos,
barriadas, etc. Lo que para esta parte del hemisferio occidental
era un logro ya había dejado de serlo en Alemania nazi, en la
Italia de Mussolini, en el país de los Soviet o en la China
maoísta. ¿Cómo extrañarse entonces de que un 98 por ciento de
votantes participara en Cuba en la aprobación del conjunto de
leyes que iba a reglamentar el funcionamiento de la nación?
Tendrían que pasar todavía varios años, poco más de dos décadas
para que el pueblo y el mundo comprendieran algunas realidades
que entonces eran difíciles de ver para muchos. La aprobación de
la Constitución del 76 sirvió al gobierno cubano para
legitimizar el sistema político impuesto por las armas y ahora
refrendado en las urnas. Cualquier mirada más profunda sobre el
verdadero panorama de la Isla era paralizada con una contundente
respuesta enarbolada hasta hoy por los personeros del régimen:
el pueblo cubano votó por el socialismo en 1976 y el país se
circunscribe dentro de las naciones que cumplen las normas de la
democracia al regirse por una Constitución que estipula
elecciones y libre participación del pueblo en sus asuntos.
Existe pues una legalidad, socialista, pero legalidad en fin,
apoyada de manera popular, que contiene los derechos y deberes
ciudadanos. Bajo ella los cubanos están libres de ser excluidos
o explotados como ocurre en otras partes del mundo.
La falsedad de esas afirmaciones tendría que ser demostradas con
hechos. Y estos no tardarían en producirse. Cuba había sido
colocada bajo la égida de una potencia, que después se demostró
no tenía poco de imperialista. Sus hijos, a la vez que votaban
por un conjunto de leyes democráticas, estaban siendo enviados a
lugares lejanos para asistir en guerras que a la larga se sabría
respondían a intereses geopolíticos de las potencias. No porque
su sangre se vertiera en aquellos lugares lejanos la vida de los
que supuestamente defendían cambiaría para mejorar. Los procesos
legales seguirían funcionando con igual dosis de arbitrariedad y
falta de garantías jurídicas, poniendo una interrogante en el
significado la llamada legalidad socialista. Los actos de
repudio de 1980, cuatro años después de aprobada la
Constitución, las expulsiones de trabajos y centros de estudios
ante supuestas o verdaderas contradicciones ideológicas con el
sistema, la prisión de miles de cubanos por el simple hecho de
querer irse del país, la represión injustificada y la vigilancia
organizada por aquellos que debían proteger al ciudadano, el
inquisitorial seguimiento de la vida individual de cada persona,
entre tantas irregularidades no dan pie para muchas
celebraciones sobre la democracia existente en Cuba bajo el
amparo de la actual Carta Magna.
El Proyecto Varela, basado en los muy escasos resquicios legales
dejados en esta Constitución debido a que nadie pensó que alguna
vez pudieran ser utilizados y menos aún logrados, echó por
tierra el mito de la democracia socialista en la isla antillana.
Más de 20 000 cubanos dieron su Sí por un nuevo referendo, que
sin discutir siquiera las bondades del socialismo, pedía
garantías para que los ciudadanos pudieran elegir directamente a
sus representantes en el parlamento y gobierno; para que esos
mismos hombres y mujeres del pueblo pudieran establecer sus
negocios y establecer contratos justos con las empresas
contratistas (la mayoría establecidas con capital extranjero);
para que los cubanos radicados en el exterior pudieran invertir
en su propia tierra y dar trabajo a familiares y compatriotas:
para que en definitiva nadie, o por lo menos muy pocos tuvieran
que elegir el camino del exilio para mejorar su economía o en la
búsqueda de aspiraciones más elevadas. Los que dijeron sí a la
propuesta ciudadana entregada a la Asamblea Nacional el 12 de
mayo de aquel año querían una modificación de las leyes que
mantenían en prisión a tanta gente por el único delito de pensar
distinta, para que la sociedad civil pudiera reunirse
libremente, tener acceso a la información sin trabas y poder
asociarse de acuerdo a sus intereses siempre que estos no fueran
contrarios a la dignidad humana. ¿Acaso esas peticiones
contradecían la legalidad socialista refrendada en la
Constitución del 76?
Desde entonces el Gobierno cubano desató la más terrible campaña
represiva conocida en estos últimos años de su mandato. Prisión,
tratos crueles, persecución, actos vandálicos auspiciados por
los que dicen ser garantes de la legalidad, procesos judiciales
faltos de todo bagaje legal y para poner el sello una nueva
votación y marcha triunfalista, pues una vez más se sobre
cumplió la amplia participación popular en la convocatoria
gubernamental, para dar un nuevo Sí al socialismo, ahora para
decir que este sistema es intangible y para siempre.
Increíblemente con ese acto el gobierno dio un golpe de estado
contra la propia constitución que lo representó durante treinta
años al burlar uno de los acápites que daba un derecho al
pueblo. Desde entonces solo existe el deber servil ante el poder
dictatorial que nunca reconoció derechos pero que ahora los
anuló completamente. El Sí del 2002 acabó con lo poco de legal,
constitucional o democrático que todavía algunos dicen descubrir
en el sistema político vigente en Cuba. No hay mucho para
festejar a treinta años de establecerse la Constitución
Socialista de 1976.
Artículos | Principal
|