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Por no tener veinte pesos
Por: Adrián Leiva
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Uno de los rasgos
fundamentales que ha caracterizado al pueblo cubano a lo largo
de toda su historia es la solidaridad humana. Ayudar al prójimo
por el simple hecho de servir al necesitado es un gesto que no
ha faltado aún en los peores trances de la vida cotidiana en
nuestra sociedad, y forma parte de nuestra cultura. Así la
palabra favor, muy utilizada entre los cubanos, adquiere un
significado real y de aplicación práctica en nuestras relaciones
diarias.
En las circunstancias por las que atraviesa actualmente la
nación, que afectan en mayor o menor medida a los distintos
sectores sociales, la búsqueda individual de vías alternativas
de ingreso económico que compense el bajo valor real de los
salarios hace que cada cual se esfuerce por lograr un ligero
pero necesario mejoramiento en el nivel de vida cotidiano. Para
ello se apela a todas las capacidades creativas del individuo.
Esta lucha sorda por la subsistencia ha traído aparejada una
pérdida de esos valores en ciertas personas, y aunque el daño no
es todavía irreparable, se aprecian sus efectos en algunos
comportamientos egoístas e insensibles. Hace unos días fui
testigo de un hecho, quizás intrascendente, pero que refleja
claramente esta situación.
El transporte público en Cuba es totalmente estatal, a excepción
de algunos dueños de automóviles que cuentan con licencia para
desempeñarse como taxistas y que prestan sus servicios
principalmente en la transportación urbana. Por su parte, los
ómnibus están completamente bajo el control estatal, tanto en el
servicio urbano como en el llamado nacional, que enlaza a la
capital cubana con el resto del país. Pero esta obligación
asumida por el estado, al igual que casi todas las actividades
económicas del país, se encuentra en estos momentos en niveles
muy inferiores a los que contaba durante la década de los
ochenta, cuando el subsidio soviético apuntalaba a la mayor de
las Antillas. Ahora la ineficiencia del traslado
inter-provincial se ha hecho crítica.
En la actualidad, viajar entre la capital cubana y las otras
provincias se convierte en toda una tragedia para la mayoría de
las personas. Como alternativa de solución criolla, en las
carreteras y autopistas nacionales la gente acude a cuantos
vehículos transiten por ellas, sean rastras, camiones sencillos
u guaguas pertenecientes a organismos y empresas estatales que
viajan a lo largo y ancho del país en función de trabajo. Esta
variante de transportación sólo requiere que el chofer acepte
trasladar al viajero, previo pago por mutuo acuerdo.
Conociendo las dificultades existentes, no faltan quienes
utilizando ómnibus estatales efectúan viajes llamados piratas,
que ofrecen una posibilidad nada desdeñable de engrosar su
economía personal y que resulta altamente rentable, ya que
aprovechan un recurso del estado. A pesar de ello, a veces
olvidan que las personas que deambulan, desesperadas por viajar,
por los bordes de las carreteras son cubanas igual que ellos.
La experiencia vivida durante un viaje hacia la provincia de
Pinar del Río ocurrió en un tramo de la autopista que enlaza a
La Habana con la más occidental de las provincias de la Isla. Un
grupo grande de personas se aglomeraba desde horas tempranas en
el lugar donde con buena suerte pueden montar en las rastras y
otros transportes estatales que viajan hacia esa provincia,
mediante el pago de diez pesos.
De repente observamos que se acercaba un ómnibus con matrícula
de La Habana y capacidad aproximada para cincuenta pasajeros,
totalmente vacío. Luego de detenerse, el conductor dio un grito
que llenó a todos de alegría: "¡Directo hasta Pinar del Río!"
En unos minutos subieron a su interior unas sesenta personas que
se dirigían a la capital provincial y sólo quedábamos en la
autopista quienes viajaban a otros puntos intermedios. Luego de
iniciar la marcha, contemplamos con estupor que el vehículo se
detuvo y vimos descender a uno de los que habían montado. El
viajero, que regresaba al punto de partida cabizbajo y
contrariado nos contó que la razón de que el chofer de este
viaje pirata lo hiciera bajar era que sólo tenía quince pesos y
el viaje costaba veinte. El pobre ciudadano, quien labora como
custodio en una entidad estatal, había recibido el aviso del
fallecimiento de su padre, causa del traslado imprevisto que no
le permitió hacer acopio de una cantidad de dinero mayor en su
domicilio.
Al escuchar lo sucedido, la indignación se adueñó de todas las
personas que no habíamos abordado aquel ómnibus. De manera
espontánea, algunos de los presentes extrajimos de nuestros
bolsillos el complemento del faltante y algo más. El hombre, tal
vez por dignidad, se negaba a aceptar el pequeño monto de dinero
reunido por los presentes, pero pudo más la acción bondadosa de
la ayuda extendida que terminó por vencer sus escrúpulos.
Gracias a esta actitud de solidaridad humana el señor pudo
continuar su rumbo en otro transporte.
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