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Ingenuidad infantil
Por: Adrián Leiva

La sociedad cubana ha vivido durante los últimos cuarenta y seis años un dinamismo con particularidades que no están presentes en ningún otro pueblo de nuestro continente, incluso ni en el extinto Campo Socialista Europeo, a pesar de la similitud en el carácter totalitario del sistema.

Esta realidad puede, entre otras razones, estar motivada por el sincretismo de nuestro carácter latino con las generalidades de la propia formación socio-económica que, en Cuba, al adoptar un carácter sui géneris, la diferenció del Bloque Europeo.

Si se observan indicadores estadísticos tales como número de médicos por habitantes, esperanza de vida, mortalidad infantil, por citar algunos, se podrá verificar que son comparables, al menos en el papel, a los de países del Primer Mundo; aunque, en la práctica, el sistema de salud cubano presenta lagunas y deficiencias, esto no demerita la atención del gobierno a este sector.
Por otra parte, Cuba cuenta con un masivo sistema de educación que comprende los niveles primario al universitario, transitando por los politécnicos y escuelas especiales, estas últimas dirigidas a estudiantes con discapacidades. Si bien es cierto que el sistema educacional está regido por la ideología del Partido Comunista, posee un carácter totalitario y su alumnado se encuentra atrapado en la incondicionalidad política al sistema, no deja de ser una realidad que todos los ciudadanos tienen acceso a los centros de estudios de cualquier nivel.

Los indicadores estadísticos cubanos vinculados a este sector también muestran cifras similares a las de países del Primer Mundo, aunque estos parámetros no reflejan la calidad de la enseñanza recibida que es objeto de cuestionamiento, básicamente en los niveles inferiores.
La Educación y la Salud son los baluartes que enarbola el gobierno de la isla como cartas de triunfo de su sistema político; con estos dos ases ha logrado enmascarar ineficiencias presentes en el sector económico, las libertades civiles y políticas y el no cumplimiento de otros principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esto “justifica” las simpatías que profesan algunas personalidades foráneas hacia el proceso cubano, al no poder, o no querer distinguir el verdadero rostro de nuestra sociedad.

Los niños son, sin duda alguna, un caudal de sabiduría, que no está dada por haber acumulado a tan tierna edad un profundo nivel de conocimientos académicos, sino porque con su ingenuidad infantil logran describir, de forma simple y llana, su entorno de percepción social.
Días atrás, mi tránsito por la acera donde se encuentra la escuela primaria de la vecindad coincidió con el horario de salida de los estudiantes. Al ver tantos niños bajar los escalones que separan al plantel de la calle, me detuve unos minutos a observar aquella masa infantil uniformada que abandonaba, por ese día, su centro de enseñanza.
A mi memoria acudieron gratos recuerdos y fui transportado, en la imaginación, casi cuarenta años atrás, cuando cursaba mis primeros estudios en esa misma escuela. Recuperado de mi fugaz fantasía continué la marcha, prestando atención a un diálogo que escuché entre tres alumnas que no rebasaban los diez años de edad.

El tema de esta conversación demuestra, de manera infantil, el diapasón de contrastes que evidencia la sociedad cubana, donde no todo es color de rosa. La plática giraba en torno a la alimentación. Una de las niñas expresó que su mamá había comido langosta, mientras otra respondió con asombro que eso era mentira porque la langosta era sólo para extranjeros. Luego de unos segundos de reflexión, una tercera sentenció: Eso puede ser verdad, porque mi mamá, cuando era chiquita, comió carne de res.

El diálogo anterior, que es resumido a su esencia principal, puede ilustrar cómo es posible que un país, capaz de alcanzar un marcado desarrollo en los sectores de la Educación y la Salud, sea a su vez, incapaz de garantizar una alimentación decorosa a sus más de once millones de habitantes.

El nivel de vida real de la población explica por sí solo el aumento vertiginoso de cubanos que desean emigrar hacia terceros países huyendo del Paraíso Socialista, aunque las autoridades de la isla se nieguen a reconocer la necesidad de generar cambios en el sistema político-económico existente en la mayor de las Antillas.



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