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Ella pintaba uñas (primera parte)
Por: Adrián Leiva.

A pesar de los años transcurridos todavía están grabados en su memoria las largas marchas que, bajo los fusiles de la Milicia, debían realizar cada domingo; esto incluía desde los niños hasta los ancianos, mujeres embarazadas y enfermos. El nuevo orden revolucionario imponía toda su naturaleza a quienes no se doblegaban y decidían preservar su identidad cristiana.

Así vivió desde su niñez Fredesvinda Hernández, donde el ambiente de la campiña cubana nos recuerda que Cuba es todo rincón donde vive un cubano que, con el sudor de su frente, forja unja familia sin otra ideología que el respeto al prójimo y la libertad de palabra y culto. Estos principios que durante años fueron los pilares de la sociedad cubana se verían alterados por las transformaciones de la triunfante Revolución de enero de 1959.

La imposición ideológica del nuevo sistema no aceptaba otra alternativa: quien no acatara los nuevos cambios ni se sumara al carnaval que orquestaba la naciente autoridad era considerado un residuo social, sin derecho a otra opción que la muerte, la cárcel, el destierro o el ostracismo. Así, sin apenas conocer la vida, de la noche a la mañana, vio enlutarse su hogar; primeramente por el encarcelamiento de su padre y, poco después, el de su hermano menor.

Era el tiempo en que la pequeña extensión de tierra, propiedad de sus padres, con la que esta familia, a costa de mucho trabajo, de sol a sol, bajo los rigores de la dura vida del campesino, lograban ganarse honradamente el sustento económico, “lujo” que les fue confiscado bajo falso pretexto del gobierno porque, en realidad se trataba de intentar doblegar por hambre la voluntad de resistencia mostrada, ante la negativa de ser parte de una farsa de aplausos y vítores que había contagiado a la mayoría del pueblo.

Vivir en la región montañosa del Escambray, ubicado al sur de la zona central de Cuba, durante la década de los años sesenta era todo un desafío. Varios cientos de cubanos se habían alzado en armas contra el sistema comunista recién implantado en la isla -aunque este conflicto se extendió a otras zonas del país- y duraría varios años, a un costo de nuevo derramamiento de sangre cubana.

De una u otra forma, todos los residentes de estas áreas se vieron involucrados en estos acontecimientos. La presión política y militar del gobierno impuso todo su poder para cortar de raíz cualquier ejemplo de rebeldía que pudieran dejar, ante la población, las fuerzas anticomunistas y privarlas de cualquier apoyo logístico por parte de los pobladores de la localidad
La mayoría de las adolescentes cubanas de vida rural, distantes de las ciudades, tenían opciones casi nulas de esparcimiento y recreación. Por tal razón pintarse las uñas de las manos y los pies, no sólo era un toque de femineidad, sino se convertía de hecho en un pasatiempo que adornaba la imaginación femenina como un medio de entretenimiento social.

Con el transcurso del tiempo, esta mujer que se había forjado desde niña, en una conciencia de resistencia ante la represión política del gobierno, desarrolló su personalidad de luchadora contestataria en sus enfrentamientos verbales con los funcionarios de la maquinaria política y miembros de los cuerpos represivos armados.

Cuando el gobierno cubano decidió aplicar el traslado forzoso de cientos de familias de la zona del Escambray hacia los campos de concentración, disfrazados de comunidades rurales, nueva modalidad de gulak soviético tropicalizado en la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba, esta mujer iniciaría su primer destierro dentro de su propia patria.

Su primer viaje en tren, con escolta militar, no lo olvidaría el resto de su vida. Bajo estrictas medidas de seguridad, tratada deshumanizadamente, al igual que el resto de las mujeres y niños, pasajeros de este viaje sin retorno, arribaron al poblado de “López Peña” donde le esperaba su nuevo hogar-cárcel, a más de cuatrocientos kilómetros de su lugar de origen, a donde no podría retornar jamás.

La nueva vida de desterrada, en su propia patria, sería un nuevo reto donde su carácter rebelde se haría patente con el transcurso del tiempo. Así forjó su familia y educó a sus dos hijas.

Privada, por su actitud política, del acceso al empleo estatal, único autorizado en la isla, pintar uñas constituyó la forma de obtener los modestos ingresos que le permitirían sostener su familia; para esa época había sufrido su divorcio y la responsabilidad económica del hogar estaba sobre sus espaldas. Lo que en su adolescencia fue un pasatiempo se convirtió en un oficio que le permitió vivir honradamente sin negar sus principios y convicciones.



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