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Ella pintaba uñas (segunda parte y final)
Por:Adrian Leiva Perez

“Ramón López Peña”, comunidad rural ubicada a unos veinte kilómetros del pueblo de San Cristóbal, era uno de los tres asentamientos que, en la provincia de Pinar del Río, había sido destinado para concentrar a una parte de las más de veinte mil familias que habían sido desterradas como resultado de los conflictos armados ocurridos en la zona del Escambray.

La vida en este poblado-cárcel se regía por reglas diferentes al resto del territorio nacional. Los reconcentrados subsistían bajo los más estrictos rigores del control de la policía política. El primer apartamento, ubicado en los bajos de cada edificio, estaba asignado a un miembro del Ministerio del Interior, denominado “el político”, encargado del adoctrinamiento ideológico de los reconcentrados del inmueble.

En aquel entonces el poblado contaba con una sola vía de acceso, controlada por una posta militar; la salida o entrada de cualquier residente de esta comunidad, así como las visitas de familiares y amigos, debían ser previamente autorizadas por estas autoridades.
No había opciones laborales: los hombres eran destinados a labores agrícolas y de la construcción, mientras que las mujeres se limitaban a la vida doméstica y, sólo unas pocas, se insertaban en pequeños espacios laborales creados en esta comunidad rural. A Fredesvinda le fue negado el acceso al empleo estatal; luego de múltiples gestiones y presentar su caso ante el Consejo de Estado, obtuvo empleo en un taller desempeñando la labor de dos plazas pero devengando el salario de una sola.

La sobrecarga de trabajo y las limitaciones, impuestas por el corte del subsidio soviético a Cuba, se hicieron sentir en toda la economía nacional; el centro laboral de Fredy, como se le conoce entre sus amistades, no escapaba a esta realidad, las condiciones laborales se deterioraban por días.

Como resultado de protagonizar una protesta, en reclamo de mejores condiciones laborales y de alimentación para los trabajadores del centro, se paralizó por unas horas la producción en el taller. Este hecho fue interpretado por la administración como una huelga por lo que fue expulsada de su centro laboral, quedando sin sustento económico.

Fredesvinda Hernández se sentía como fiera enjaulada; su naturaleza rebelde no soportaba tanta humillación. Pintar uñas, si bien le reportaba limitados ingresos económicos, no bastaba para agotar toda su energía; su caudal contestatario, en defensa de sus derechos como ser humano, requería de un espacio donde poder hacer patente sus principios que no habían sido desterrados de su conciencia.

A diferencia de otras familias que comenzaban a insertarse en el nuevo estilo de vida “revolucionaria”, calificadas como “reeducadas”, bien por agotamiento o temor, Fredy no dudó un segundo en incorporarse a la recién fundada organización, surgida del seno de esta comunidad, el “Exclub Cautivo”, que agrupaba a residentes villareños en la provincia de Pinar del Río que, de forma organizada, reclamaban ante las más altas autoridades del gobierno cubano las tierras confiscadas y sus derechos de retornar a sus territorios de origen.
El activismo cívico desplegado por Fredesvinda Hernández dentro de esta organización, donde le asignaron diversas tareas, formando parte del ejecutivo nacional, tendría en breve tiempo resultados positivos en la consolidación de esta nueva estructura dentro de la disidencia interna en Cuba. Su radio de acción se extendería en la colaboración al hoy encarcelado en la causa de los “75”, el periodista Víctor Rolando Arroyo, hacia quien siente una gran admiración y se profesan una mutua amistad.

Mientras pintaba uñas para ganarse la vida horradamente y bajo la constante vigilancia y reiterado hostigamiento de la Seguridad del Estado, esta cubana, obligada a vivir desterrada en esta zona del país, se convirtió en una destacada activista de la campaña nacional por el Proyecto Varela.

Su total entrega a este Proyecto y los resultados obtenidos como la mayor recolectora de firmas en todo el país - según reconocieron sus principales organizadores- le permitieron no sólo el ingreso al Movimiento Cristiano Liberación, sino ser fundadora del “Comité Ciudadano Nacional Gestor del Proyecto Varela” y Coordinadora en la zona este de la provincia de Pinar del Río.

Lejos estaban de pensar quienes un día la obligaron al destierro que esta indomable mujer se convertiría, años más tarde, en un puntal fundamental de la disidencia interna en esta misma provincia hacia donde la habían obligado a vivir. Sin alterar su modesta forma de actuar, lejos de falsos protagonismos, la represión sobre Fredesvinda por parte de la policía política local no se hizo esperar.

Primero la amenaza de muerte y luego el intento de asesinato a manos de un provocador, mientras los grupos paramilitares del gobierno le efectuaban un mitin repudio, no detuvieron el activismo cívico y pacífico que continuó desarrollando por toda la provincia. En carta dirigida a las más altas autoridades del país denunció estos hechos, por la gravedad de los mismos, a la vez que ratificaba en la misiva su voluntad soberana de continuar en su lucha de reclamo a una apertura democrática en la isla.

Luego de largos años de su estatus de madre divorciada decide nuevamente contraer matrimonio. Días previos a la boda la ola represiva desatada por el gobierno cubano en marzo del 2003 encarceló a más de una veintena de los invitados a este acto ceremonial. Compañeros de lucha residentes en otras provincias del país, así como de la capital cubana, entre los que se encontraban los testigos y el padrino del matrimonio, viajarían hacia La Habana para estar presentes, pero setenta y cinco familias cubanas vieron enlutarse sus hogares con este despiadado acto represivo del gobierno cubano.
El 28 de marzo se materializó el matrimonio, bajo la sombra de la tristeza por los compañeros ausentes. Los esposos decidieron, en memoria de sus compatriotas encarcelados, no amenizar con música el pequeño brindis familiar que se celebró por este acontecimiento. Los avatares de la vida volvían a jugarle una mala pasada a esta cubana privándola, en esta ocasión, de compartir su alegría con sus compañeros de lucha.

Sin abandonar sus deberes en la nueva vida conyugal, continuó con la responsabilidad contraída ante el Proyecto Varela y la coordinación del trabajo de los distintos activistas bajo su supervisión.

La necesidad de sustento económico y su nueva situación civil le permitieron cambiar el escenario donde poder pintar uñas: en esta ocasión la zona de residencia de su esposo en Ciudad de la Habana. En pocas semanas lograría una clientela, ganada con la calidad de su trabajo, entre las residentes de la zona quienes, en lo sucesivo, la conocerían como “la mujer que pinta uñas”.

Desde hace cuatro meses Fredesvinda Hernández vive un nuevo destierro que, por ley de la vida, debe ser menor que el sufrido cuando la separaron de su terruño en el Escambray. Su corazón de mujer bravía ha librado múltiples batallas en la resistencia cívica y también sabrá soportar esta nueva realidad, conociendo de antemano que no hay fuerza, por poderosa que parezca, que pueda arrancar del corazón de un cubano el amor a sus costumbres y a su patria.

Alejada, como siempre ha sido su norma, de mezquinos intereses personales y protagonismos banales, Fredy está presente, entre sus compañeros de lucha que permanecen dentro de Cuba, como una mambisa que, por razones familiares, se ha tomado un pequeño descanso en el largo camino por el que transitan hoy decenas de cubanos en pos de una verdadera libertad y democracia en Cuba.


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