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Puertas abiertas y candados chinos
RAUL RIVERO
El viaje a Cuba esta semana del ministro español
Miguel Angel Moratinos permitió que el mundo viera a la
dictadura maniobrar con la combinación de su caja de caudales y
dio pábulo a que se ensanchara la carpa de su circo mediático
mientras, al fondo, se escuchaban los ruidos de los cerrojos
reforzados de las 200 cárceles cubanas y aparecían -solitarios y
aislados (islas dentro de la isla)- los líderes de la oposición
pacífica.
Creo que fue un viaje apresurado en el que la
comisión de embullo -presidida por los anfitriones- deslumbró a
los viajeros con ofrecimientos y oportunidades, pero, desde
luego, no hizo en las esquelas de la agenda las precisiones de
la conducta ética del coro entusiasmado de hampones que se
niega, hace medio siglo, a dejar que el país se democratice y
encuentre los caminos de la libertad.
Los españoles fueron con unas líneas de trabajo
que tienen que ver con las obligaciones naturales de un Gobierno
democrático en cuanto a la estabilidad y el progreso de su
empresariado.
Fueron a fijar una posición de apertura como una
avanzada europea en las últimas y desvencijadas trincheras del
comunismo real y, al enfrascarse en la pachanga verbal y en la
procesión de abrazos, palmaditas y paseos con los aquiescentes
funcionarios criollos, olvidaron que fuera de los salones
estatales refrigerados y de los recintos diplomáticos, pasa la
vida real. Una vida mediocre (de ocho euros al mes como
salario), bajo control policial, sin prensa, sin voz ni espacios
para reclamar. Y, entonces, apuntalaron los parapetos arruinados
del régimen.
Van a funcionar y a desarrollarse con fluidez
los tratados suscritos en materia de comercio y cooperación. Sin
problemas. Ahora bien, el que tiene que ver con el monitoreo de
derechos humanos lo incineró en publico el ministro Felipe
Pérez. Lo pulverizó con una parrafada que los demócratas
verdaderos de Cuba no olvidarán nunca y que deberá estudiarse,
ya en el próximo curso, en las academias diplomáticas del mundo
entero.
A mí, aquí lejos, libre en mi casa de Madrid, me
hizo sentir otra vez humillado el insulto de un hombre nombrado
a dedo por un dictador. Sé, porque he hablado con muchos
familiares, cómo se sintieron los presos políticos (36 de ellos
muy enfermos) en las celdas cochambrosas del país. Conozco las
reacciones de los dirigentes de la oposición que aspiraban a una
conversación decente con los viajeros para que se escuchara, de
primera mano, lo que pasa realmente en aquel punto del Caribe.
La indignación llega por muchas vías, pero, en
este caso, en los grupos de la incipiente sociedad civil cubana
y en la organización de las Damas de Blanco (las esposas,
madres, hijas y hermanas de los prisioneros) se pasó a la rabia
sin contención porque el señor Pérez llamó mercenarios a todos
los presos ante la prensa internacional y frente a la delegación
de España, sin respetar siquiera la memoria del activista de
derechos humanos Miguel Valdés Tamayo, muerto hace unos meses de
una dolencia cardiaca, al poco tiempo de que lo sacaran
apresuradamente de los calabozos.
Por otra parte, después de la visita, cierta
prensa interesada insiste en dividir a la oposición pacifica en
duros y moderados. El único duro, intolerante y necio que se
mueve en la geografía cubana es el gobierno. Ellos organizan
brigadas paramilitares para golpear a los opositores. Ellos dan
palizas a los presos y ellos no permiten ni una sola opinión
contraria a sus ideas que hoy se pone la gorrita de Lenin y
mañana se disfraza con el bigote de José Martí.
Los dirigentes que no quisieron reunirse el
miércoles con Javier Sandomingo en La Habana no lo hicieron
porque rechacen o desprecien al diplomático español. Ni porque
sus líneas de acción les prohíban el diálogo abierto, la
negociación y la concordia, sino porque consideran que, como
ciudadanos cubanos y demócratas, tenían el derecho a dialogar
con personas del mismo rango de las que se sentaron a la mesa de
los opresores, bajo los focos de todas las cámaras.
A esta atmósfera de encontronazos y retiradas
contribuyen las distancias que se han establecido en los últimos
tiempos entre la legación diplomática española y muchos de los
grupos de la oposición, incluidos los que, por sus posiciones
políticas, podrían estar más cerca del registro del Gobierno de
España.
Algunos de los propósitos del viaje se
cumplieron. Aunque para mí el resultado es que la oposición
pacífica, las fuerzas que deberán estar en el primer plano del
escenario de los cambios democráticos que se avecinan, se siente
olvidada y ajena.
Escribo esta nota en libertad gracias a la
solidaridad, la firmeza, la denuncia, el diálogo y las
conversaciones. He defendido siempre la política de las puertas
abiertas. No se puede dejar a la oposición y a los presos a
solas con el enemigo. Tampoco se puede ir a darle un abrazo al
enemigo y mandarle un recado de afecto a los demócratas.
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