|
Artículos
Ferretería de cristal (I)
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Los
intelectuales y artistas cubanos cargan a sus espaldas la
maldición de no poder ser profetas en su tierra.
Todos han tenido que enfrentar, desde siempre, por disímiles
motivos, la disyuntiva de marcharse o no ser: Heredia, La
Avellaneda, Varela, Villaverde, Martí, Lam, Carpentier, Cabrera
Infante, Arenas, Padilla… Todos han demostrado la dramática
incapacidad de los cubanos para resignarse a la condición de
expatriados.
Sin embargo, no menos trágico es el destino de los que
decidieron quedarse. No sé que es más triste, si el fusilamiento
de Zenea o la risotada mortal y olvidada de Julián del Casal.
Aún más tristes son el largo confinamiento de Lezama en la casa
de Trocadero o el asediado funeral de Virgilio. Los dos se
empeñaron patéticamente en permanecer en su tierra a pesar de
los pesares.
No es fácil para un cubano soportar la lejanía. Por algo será,
no importa que alguno escriba en inglés, que no tenemos un
Joseph Conrad o un Vladimir Nabokov.
Sigue conmoviendo la carta suicida, culpabilidades con nombre y
apellidos, de Reinaldo Arenas. Tanto como la muerte absurda de
Guillermo Cabrera Infante, con tanta Habana por delante, en un
hospital del neblinoso Londres.
La apoteosis del exilio no está en el" Himno del Desterrado" de
Heredia. Está en Martí, creando con su pluma un país en el que
apenas vivió. Su Gólgota guerrero nos acecha desde entonces, a
mano para desaprensivos y falsificadores.
De Dos Ríos parte la otra maldición de los intelectuales cubanos:
la del eterno complejo de culpas.
Jorge Mañach fue uno de los responsables de inventar un Martí
Multipropósito, oportuno y conveniente. Tuvo tiempo de
lamentarlo. En definitiva, Mañach nunca entendió bien a los
cubanos. Lo desconcertaba tanto su choteo que no acertó a
explicarse su derrota electoral frente Benito Remedios, que sólo
tenía billetes y piñas que ofrecer a sus votantes.
La leyenda martiana contribuyó a la construcción de un meta-relato
histórico, una teleología del destino nacional. Todos querían
ser parte de él, desde el poeta comunista Rubén Martínez Villena
hasta los origenistas católicos y pequeño burgueses. Todos
estaban insatisfechos con la república que les tocó. Lamentaban
no dar la talla de revolucionarios y antiimperialistas para
cambiarla. Se deslumbraban con fascinación femenil por los
hombres de acción. Los barbudos de la Sierra Maestra les
vinieron como anillo al dedo.
El triunfo de la revolución de Fidel Castro les dio la
oportunidad de correr al ara a ceder su primogenitura. El plato
de lentejas fue el privilegio de vestir de milicianos y ser
héroes de los nuevos tiempos de cambio.
Al régimen no le bastó. Nunca aceptó de buen grado a los
intelectuales entre los suyos. No podía perdonarles su pecado
original.
La revolución puso a artistas e intelectuales en su lugar. La
Habana nocturna esperaba una agresión, no podía ser la ciudad
ebria y decadente del documental PM. Lunes de Revolución no
podía en lo absoluto ser la cultura revolucionaria.
Con la pistola rusa sobre el buró, les impusieron sin cortapisas
las Palabras a los Intelectuales. Virgilio Piñera confesó que
tenía miedo antes de penetrar en el siguiente círculo del
infierno. Al menos, fue sincero. Los demás sólo atinaron a
aplaudir.
Artículos | Principal
|