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DIARIO LIBRE

El cero y los números en el país de Lezama Lima

La redondez y el cero. Esa era la fórmula de la perfección y de la poesía para José Lezama Lima, lejos, muy lejos de los guarismos que atormentan a Cuba, 30 (tres-cero) años después de su muerte

RAUL RIVERO

Lunes

Pasión por la tristeza
Estuve hace poco frente al bar donde conocí a Juan Gonzalo Rose.Ahora hay otro bar, otra arquitectura y otros hombres que beben la cerveza de Berlín, se cuentan sus vidas y se dicen poemas que nunca pueden recordar del todo.
Como no existe aquella barra -una pista infinita para soñar-, Juan Gonzalo se murió de cirrosis allá en Lima en 1983 y yo soy una persona de la tercera edad, aquellas escenas no podrán volver.Las palabras, las oraciones se pegaron al techo de cristal que cubrieron con un cielo raso unos operarios indiferentes.
Lo que queda es mi admiración por el gran poeta, por el compositor de valses, por el periodista especial y el conversador inteligente que dedicó su juventud a las luchas políticas, su madurez al lirismo y al amor y los últimos años de su vida a escapar del alcohol y la vejez.

Nació en Tacna, en 1928, una ciudad que creció al pie del río Caplina, junto a la meseta del Titicaca, donde conviven todos los escenarios naturales, del desierto al valle y a las playas, del volcán a las cordilleras.

Sus poemas, sus canciones y el anecdotario de su viaje por el mundo son una región muy importante de la literatura peruana del siglo XX.
Juan Gonzalo publicó La luz armada, Cantos desde lejos, Simple canción, Las comarcas, Contrapunto de la patria, Hallazgos y extravíos, Informe al rey y otros libros secretos, Camino real y Biografías breves de la vida breve, entre otros libros de poesía.

Además, escribió una columna diaria de comentarios bajo el título de Apuntes a lápiz.
Sus críticos, los amigos, la gente que lo conoció de cerca reconoce que su poesía y su prosa poética se escriben bajo las líneas maestras tradicionales. Al mismo tiempo, todos saben que el poeta oculta -para protegerse- el hilo esencial de su poesía, su preocupación primaria: el amor, el amor asumido como un legítimo poeta romántico, vecino de la tristeza y de la muerte.

Tres años antes de morir le dijo a un poeta y periodista amigo que le preguntaba si había sido feliz: «No, no conocí la felicidad».
Confesó que Marisel, la mujer a la que escribió los versos de amor, nunca existió. «No es una persona concreta», dijo. «Es la amada ideal que todos tenemos». Le contó que había tomado barbitúricos para suicidarse y que no le tenía miedo a la muerte.Lo que lo aterraba era la vejez.

Su huella en la poesía de Hispanoamérica es honda, aunque en aquellas tierras, entre los avatares del populismo, los demagogos y los dictadores públicos y los disimulados, los poetas verdaderos -los vivos y los muertos- pasan temporadas de asueto en el olvido y un día resplandecen o resucitan porque los necesitan, los llaman, los convocan.
Fue un poeta para lectores tristes. Para personas que tienen una manera específica de asumir la tristeza. Lo voy a demostrar con estos versos de amor que Juan Gonzalo le escribió a Marisel: El estado no me ofrece / ni seguridad ni aventura: / estoy contra el estado. / Tú tampoco me ofreces/ ni seguridad ni aventura./ Pero si me acuesto con el estado/ no amanezco con un jardín en la cabeza.

Miércoles

No quiere que las flores sepan
Hay una canción de Rafael Hernández que los mexicanos tienen como un emblema privado. Se llama Qué chula es Puebla. Otra pieza, Linda Quisqueya, es para los dominicanos su segundo himno nacional.Lamento Borincano es el símbolo del hombre humilde de Puerto Rico, la voz quejosa y subversiva del jibarito, el campesino de aquella isla que Dios hizo mientras preparaba los planos del Paraíso.
Campanitas de cristal, Preciosa, Silencio, El Cumbanchero y Ausencia son composiciones que se disputan en Panamá y Cuba, en Colombia y en Maracaibo, en el Caribe venezolano, donde las eses se alargan y la música pierde la tristeza patrimonial de las culturas indias.

Pero la realidad es que el artista es boricua. Un boricua universal, es cierto, pero nacido en Aguadilla, Puerto Rico, hacia 1892.
Rafael Hernández vivió en Estados Unidos, dirigió en La Habana, en el teatro Fausto, durante cuatro años, una orquesta. Sin embargo, México -donde permaneció 16 años- fue su segunda patria. Allí, siendo ya un músico reconocido y respetado, estudió armonía, composición y contrapunto, aunque desde muy joven el hombre tocaba violín, corneta, trombón, bombardino, guitarra y piano.

Su música se utilizó en decenas de películas mexicanas. Allí escribió El Cumbanchero, una obra que Hernández concibió como una canción de cuna ante el nacimiento de un hijo suyo y que es una de las piezas que más se ha grabado en el mundo.
Dejó una herencia de unas 3.000 obras de todos los géneros. Las nuevas generaciones de artistas hispanoamericanos conocen esa obra, la veneran, y la vuelven a cantar y a incluir en su álbumes de moda. Rafael Hernández sigue estable en la sensibilidad de los hombres y mujeres que se mueven allá, mucho después del Caribe, entre las líneas invisibles que trazan Nueva York y los arrabales de Buenos Aires.

Creo que su amistad con poetas como Pedro Flores y Pales Matos y su inclinación por la poesía dejaron en las letras de sus canciones, sobre todo en las de los boleros, una altura y un susurro de lirismo.

En Silencio es el poeta Rafael Hernández quien advierte que duermen en su jardín las blancas azucenas, los nardos y las rosas y pide silencio porque no quiere que «las flores sepan los pesares que me da la vida».

En San Juan, en 1953, se despidió de esos pesares. Era un patriarca querido y familiar cuando se fue.

Jueves
 
La perfección del cero
José Lezama Lima, el poeta de Paradiso -la novela que va a cumplir ahora sus primeros 40 años- buscaba la perfección de la esfera.En el número tres y en el nueve. En el cero, que es el infinito.
El autor de La cantidad hechizada pretendía cerrar el círculo y a las zurcidas pelotas de béisbol las llamaba, emocionado, «esférides de cristal sobre un cuadrado verderol».
Cualquier alteración del cero va a dar a las cifras, a la zozobra, al sobresalto y al dolor.

Yo voy a publicar algunas cifras que tienen que ver con la tierra donde nació y murió Pepe Lezama. Una tierra, donde según el poeta, «el hielo es una reminiscencia».
En los últimos 48 años han muerto fuera de Cuba 263 artistas y escritores cubanos. Entre ellos, Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero, Lidia Cabrera, Celia Cruz, Ernesto Lecuona, Manuel Moreno Fraginals, Levy Marrero, Antonio Benítez Rojo, René Tuzet, Jesús Díaz, Calvert Casey, La Lupe, Aníbal de Mar, Castor Vispo y Constante de Diego. Según datos de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional en el período que va de 1959 al 2003 en aquella Isla han sido fusilados entre 5.000 y 6.000 ciudadanos.

Estudiosos, especialistas y expertos calculan que en las ultimas cuatro décadas otros 10.000 o 12.000 cubanos han muerto en el mar, camino de las costa de La Florida.
Informaciones de esta semana registran 334 prisioneros políticos en sus cárceles.
Lezama quería el infinito, la redondez exacta, sin fisuras, porque los signos de la cifras daban miedo y el alma no está en un cenicero.




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