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Evocación de Antonio Machín con versos de Cernuda al fondo

La visita a Sevilla del escritor cubano, donde no pudo hablar en la Universidad por el boicot de jóvenes procastristas, le evoca los paseos del cantante por sus calles donde halló amor y familia

RAUL RIVERO

Lunes
Dos gardenias para Antonio
En ese recodo que bordea la cárcel, la cárcel donde nunca descansa el espíritu de Miguel de Cervantes, Antonio Machín vio a María de los Angeles. Detrás, a pocos metros, pasa, desde el primer día de la creación del mundo, la calle de Sierpes. Pasa Sevilla entera todas las tardes y los viajeros que también pasan miran al cielo para ver la Giralda desde otros ángulos.

Aunque vivió y murió en Madrid, fue en Sevilla donde el cantante cubano halló el amor y la familia. En esta ciudad les dijo adiós después, rápidamente, como en los dramas cinematográficos; y en ella está pasando la eternidad junto a su hija Alicia y su mujer, en el cementerio de San Fernando.

Pero a mí, que he venido por primera vez a este sueño -soñado en el sopor de América, inventado y vuelto a inventar a partir de fotos, poemas, relatos, canciones y cuentos de camino- me gusta verlo aquí. Más tiempo frente a una caña de cerveza y las guitarras como pianos y orquestas, cantando ese bolero de las gardenias que escribió Isolina Carrillo en una Habana soñada en Andalucía.

Me gusta verlo en estas calles porque son encrucijadas nobles y abiertas para los artistas. Porque en cada ladrillo, puesto con delicadeza por generaciones de artesanos, hay un mensaje de la cultura nuestra y una línea de comunicación que nada pudo clausurar.

Fue una suerte para Machín venir a Sevilla, encontrar el cariño que tuvo que dejar desperdigado en Cuba, en Sagua la Grande, la villa desolada en la que ya son polvo blanco los huesos de su padre gallego y de su madre, una mulata cuarterona. En Sagua, dejada caer en el Caribe, pasó su infancia también Wilfredo Lam que apresó allí los colores de su pintura y las líneas de un surrealismo singular con cepas en Africa y en China.

Una dicha porque vio pasar -sin entender una palabra de las argucias del tiempo- a la ampulosa Gertrudis Gómez de Avellaneda, camino del correo con otra esquela de amor en sus manos acorraladas por sortijas.

Machín pudo mirar una mañana -si iba a rezar al Guadalquivir o a hablar con los santos en la Catedral- hacia la casa de Luis Cernuda, donde ahora venden cristales, y entender mejor que nadie esos versos del poeta de la realidad y del deseo: Raíz del tronco verde, ¿quién la arranca?/ Aquél amor primero, ¿quién lo vence?/ Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida?/ Tierra nativa, más mía cuanto más lejana.

Miércoles
Elizondo para Elizondo
Como no era autor de mayorías, vendedor de centenares de ejemplares en ferias y comercios, como sus libros se tradujeron nada más que al inglés restringido de la academia, Salvador Elizondo no recibió doctorados en las universidades y los jurados de los premios importantes -el Juan Rulfo, por ejemplo- le pasaron por encima a sus libros cada año.

La muerte lo sacó de un tirón de su casa hacia la nada y en México comenzó a entenderse mejor la importancia de su obra. Había nacido en 1932 y en 1960 publicó sus primeros poemas. Luego dio a conocer varios libros de relatos, entre los que se destacan siempre Narda o el verano, El retrato de Zoé y otras mentiras, El grafógrafo y Teoría del infierno y otros ensayos.

Su novela Farabeuf. La crónica de un instante, que salió en 1965, se convirtió en un clásico maldito.

Elizondo estaba retirado en su hogar tras un ataque frontal del cáncer. Sólo se relacionaba con un reducido grupo de amigos escritores.Había aceptado la muerte adivinada.

El poeta José Emilio Pacheco le dijo «escritor para escritores»; él mismo aseguraba con estudiada satisfacción: «Soy escritor de minorías, afortunadamente».
En los últimos años, en esa relación melancólica y enfermiza que inauguró con la muerte, encontró una materia sutil para comunicarse con sus contemporáneos.
«La muerte es nada. ¡Nada! Creo que si hay infierno y cielo, será muy divertido.»
Farabeuf renovó la narrativa de su país, pero él dijo, años más tarde: «No pensé poner al día la literatura mexicana, yo lo que quería era expresarme. Nunca pensé en el lector o en los lectores.Escribía por una necesidad vital».

Hay unas líneas de El grafógrafo que retratan la esencia de la obsesión de Elizondo por la sagrada escritura: «Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir y que escribía que escribo que escribía».

Jueves
Odio a domicilio
Esas miradas bajas, evasivas, escamoteadas por los cartelones ya las conocía. También me sabía los contenidos de las consignas, el significado y el origen de los mensajes que los jóvenes leían apresuradamente el lunes en el paraninfo de la Universidad de Sevilla.

Supe hasta el tono que iban a alcanzar los gritos en esa sala solemne, donde el estrado tiene ínfulas de púlpito y solución de cátedra.

Lo supe porque el mismo retablo, con muchos más actores (aquí había sólo 20), instalaron los mismos productores en un mitin de repudio que me organizaron el Gobierno de Cuba y la policía política en el verano de 1997. Estaban allí, frente a mi puerta, con las fotos rojas de Ernesto Guevara, los letreros y las octavillas, el coro de voces desafinadas pero unánimes, parejas en las acusaciones que se le hacen en Cuba, desde mediados del siglo pasado, a los que manifiestan desacuerdo con quien jura que tiene mayoría absoluta, pero no permite escrutinios libres.

Como es un guión escrito en una dependencia del estado no tiene variación. El comunismo es, entre otras cosas, aburrido. Las consignas pasan de moda, pierden vigencia, pero como los talleres del Partido cumplieron los planes quinquenales e hicieron muchas, hay que seguir utilizándolas. Ya ven, hasta se exportan.

Vi los letreros, escuché las voces encerrado en mi apartamento.Solos, Blanca y yo, sin saber si iban a romper a golpes la puerta y a darnos una paliza, como han hecho en las últimas semanas en varias ciudades cubanas, en las casas de familias de presos políticos, de periodistas y activistas de Derechos Humanos.

Yo lo supe enseguida y ese conocimiento no le quita molestia y amargura a la experiencia. Estuve, estoy, estaré en disposición de escuchar su opinión, aunque sea prefabricada y pasada al torrente sanguíneo como un virus. Aunque la expresen a gritos, en pandilla y armados. Eso es también una escuela política. Pero después deben escuchar la mía que llevará argumentos, no insultos ni amenazas. En Cuba, que hay una dictadura, tenía que callarme o ir a la cárcel. Fui a la cárcel.

El episodio teledirigido, por cierto, tampoco va a despojarme de la decisión de escribir y hablar de lo que pasa en Cuba. No impedirá que escriba otra vez que hay más de 300 presos políticos y de conciencia. Que la gente quiere ser libre, modernizar la sociedad, administrar su porvenir.

Esa exposición itinerante de intolerancia exportada -estalinismo que vuelve a Europa tras bañarse en Varadero- no va a evitar que repita que Cuba quiere liberarse de una dictadura personal de 48 años, reinventarse para que vivan y trabajen en paz, allí donde nacieron, todos los cubanos. Piensen lo que piensen.




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