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GUILLERMO FARIÑAS: VÍCTIMA DE LA INTOLERANCIA, LA DISCRIMINACIÓN Y LA VIOLACIÓN DE DERECHOS INTERNACIONALES

Por: Luz Modroño


Febrero. Un hombre inocente y sin miedo. Una hermosa isla en mitad del Caribe, destruida. Avasallada. Un pueblo negado. Sólo un culpable. Su rostro no tiene ya máscara. Cayó resquebrajada por cada uno de los atropellos que infligió a su pueblo. Pueblo gobernado con mano férrea durante más de cuarenta años. ¿Derecho a la información? Un sueño. Una aspiración por la que los cubanos están dispuestos a dar lo más sagrado de sus posesiones: la vida. Un gobernante no elegido, que no ha vacilado en perseguir, acosar, difamar o encarcelar a todo aquel que osara oponérsele o que, simplemente, exigiera su derecho a ser libre y decidir. Nunca su mano vaciló ni tembló para condenar a los insumisos, a los rebeldes. Pero, a pesar de los bastos medios puestos al servicio de sí mismo, se le escapó un detalle: no puede hacerse callar a los hombres dignos, a los convencidos de que el hombre posee un alma capaz de elevarle por encima de las miserias y enfrentarle cara a cara con el miedo.

Guillermo Fariñas será la próxima víctima de un insaciable verdugo vestido de verde olivo, trasgresor universal de la Declaración de los Derechos Humanos. El pasado treinta y uno de enero, Guillermo Fariñas, psicólogo, periodista independiente y director de la Agencia Independiente Cubanacan, inició una huelga de hambre que su dignidad y su valentía, demostrada a lo largo de los años en el ejercicio de su derecho a informar y expresarse, impedirán abandonar. La opinión internacional tendrá una importante misión: presionar al caudillo cubano para que atienda las legítimas reivindicaciones de un hombre que sólo aspira a que los derechos que disfrutamos los ciudadanos de los países libres y democráticos, sea realidad para ellos. Fariñas está dispuesto a no claudicar. Porque, por encima de la propia vida, está la dignidad del hombre libre que vence el miedo y reclama sus derechos. Derechos que nadie puede pisotear impunemente.

Castro enarbola la bandera del miedo. Sabe que el miedo paraliza. Nada hay más paralizante que el miedo. Con él se aprende a bajar la voz, a disimular, a hablar entre líneas. Castro ha manejado el miedo y éste ha cobrado vida en la mirada de los cubanos. Miedo que es manejado hábilmente. Sabe que el miedo puede socavar el empuje vital de un individuo y que también puede corromper a una sociedad entera. El miedo es un virus que se extiende y se contagia. Que logra acallar y convierte a seres humanos que nunca debieron dejar de ser dignos, en seres sumisos y avergonzados, que tienden a enmascarar su debilidad en razones ideológicas para que no se note.

Pero Castro sabe que tras ese sometimiento un alma indómita late y se revela. Que se yergue por encima de amenazas y persecuciones. Y exige. Exige información para poder contrastar. Información para opinar, para formarse criterios propios, para decidir libremente. Por eso Castro teme a la información tanto como teme a la cultura, al contraste de ideas, mostrando una inquietante ausencia de virilidad espiritual. Y la niega a su pueblo. Impone el silencio, y también el cinismo. Las declaraciones efectuadas por el representante de Castro en la ONU en la Cumbre sobre el libre acceso a la información son todo un alarde de cinismo e hipocresía. Allá, este buen hombre aseguró “Todos los cubanos tienen acceso directo a Internet y si no lo tienen es por el embargo” Fariñas se declara en huelga de hambre para demostrar que esas palabras son un insulto a la inteligencia y también a la decencia. Algo profundamente innoble late en el alma de un gobernante que miente y pretende, o necesita, engañar a sabiendas de que sus palabras resonarán en los oídos de los representantes internacionales allí reunidos como una bofetada o, en el mejor de los casos, será recibida con una cortés sonrisa de ironía.

Fariñas ha emprendido una épica lucha por la libertad. Él conoce bien el significado de la palabra democracia. Lleva muchos años en una indómita lucha contra la intolerancia, contra los abusos y los atropellos. Él mismo define el objetivo último y supremo de su Agencia: “denunciar todos los desmanes, abusos, atropellos, golpizas, encarcelamientos y cualquier punto de vista que su sistema no permita sea difundido en los órganos de prensa oficialista”. Fariñas está inválido de cuerpo, padece una polineuropatía que le obliga a utilizar bastón para poder caminar. Pero su entereza sobrevuela por encima de discapacidades para exigir a un dictador verde olivo su derecho a la libre información y a la libre expresión, para denunciar cuantas iniquidades se cometen en nombre de la igualdad y la justicia. Palabras mancilladas.

Pero, además, Fariñas, como una gran mayoría de los opositores, es también víctima de la irresponsabilidad de los inversionistas extranjeros que, lejos de aplicar políticas éticas y democráticas en sus inversiones y presionar a Castro no haciéndose cómplices de las iniquidades por éste impuestas, acatan servilmente cuanta iniquidad se pretende cometer, aliándose con la política represora y discriminatoria en detrimento de los derechos básicos de todo ciudadano. ETECSA, empresa mixta ítalo-cubana, es la única responsable del sistema telefónico en la isla y, aceptando las imposiciones gubernamentales se convierte en cómplice de la violación de los artículos 19 y 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por los que Fariñas está dispuesto a dar su vida.

El aislamiento y el control. La discriminación por razones ideológicas y la violación del derecho igualitario a la expresión, opinión o comunicación son armas utilizadas contra la disidencia para obligar a callar. El silencio se conjuga con el miedo para hacer de la isla el paraíso de la arbitrariedad y la discriminación. De la injusticia elevada al paroxismo.

Fariñas, como tantos otros hombres críticos y rebeldes que han perdido el miedo, no se doblega. Y llegará hasta donde sea menester para obligar al Mesías cubano a reconocer que los derechos dejan de serlo cuando no se universalizan. Y para demostrar que si nuestra alma no es capaz de luz propia, si no queremos iluminarla por dentro, la barbarie y la iniquidad perdurarán. Castro ha convertido a Cuba en un páramo espiritual, en un páramo informativo del que sólo osadías retadoras como las que Fariñas emprende serán capaces de vencer. Castro ha pretendido convertir a los cubanos en una población encanallada y huera, pero indomables espíritus como el de Fariñas demuestran una vez más que los dictadores vencen pero no convencen. Algo profundamente inmoral anida en el alma de un gobernante que humilla a su propio pueblo.


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