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Hombres como árboles
Por: Miguel Saludes


Al sacerdote Carlos Manuel de Céspedes, cuya sombra resulta tan vivificante en medio de tanto resplandor que enceguece.

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Bajo el título La Cuba que llevo dentro, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, reconocido sacerdote católico cubano y actual párroco de la Iglesia de San Agustín en La Habana, ha dejado para la posteridad un texto donde ofrece su visión personal sobre aspectos que marcan la identidad de la nación cubana. El escrito, publicado por la revista diocesana Palabra Nueva en enero último, fue leído por su autor en una conferencia pronunciada a finales del pasado año en la cátedra Fray Bartolomé de las Casas, adjunta al convento San Juan de Letrán en La Habana.

Este documento, descrito como antológico y de colección por los interesados en los tópicos relacionados con nuestra nacionalidad, toca aristas que pudieran despertar la polémica. No obstante, la exposición se fundamenta en la certeza, el razonamiento lúcido y el amor que siempre ha demostrado por su patria esta personalidad de la iglesia cubana. Una vez más, Monseñor Carlos Manuel defiende a ultranza nuestras raíces eminentemente hispánicas, sosteniendo con ello la preeminencia de la cultura occidental sobre cualquier otra, incluida la aborigen de la que apenas se han conservado algunos vocablos y costumbres alimentarias. Según su opinión, las influencias culturales llegadas después de la conquista conforman más bien injertos en el tronco principal de la nación.

Más allá de cualquier discrepancia o asentimiento sobre el punto de vista defendido por Carlos Manuel de Céspedes, resalta en este ensayo su manera poética de desarrollar un tema tan complejo mediante el empleo de metáforas con las que establece un paralelo entre gentes y árboles. Es frecuente encontrar en la literatura estas figuraciones entre el reino de las plantas y el de los humanos. Un ejemplo de ello es Mujer habitada, novela de la nicaragüense Gioconda Belli, donde la trama se mueve alrededor de una bella leyenda de los pueblos indígenas que poblaban esa parte de América, quienes prefirieron convertirse en árboles antes que ser esclavizados por los colonizadores.

Por otra parte, el hombre siente una atracción misteriosa y a la vez natural por el mundo de los vegetales, sus compañeros imprescindibles en la creación, afinidad bien justificada por el vínculo estrecho y complementario establecido entre ambas formas de vida.

Fue precisamente la exuberancia y el verdor de la flora una de las cosas que llamó la atención de los primeros europeos que arribaron al nuevo Mundo, impresión que dejaron plasmadas en sus crónicas de viaje. Con la lectura de la conferencia me ocurrió algo parecido. Después de leer su contenido fui descubriendo en mi tránsito por la ciudad múltiples imágenes en las que personas y árboles aparecían exhibiendo similitud de caprichosas posturas y comportamientos que confirmaban la caracterización hecha por el conferencista. Sin ánimos de calcos ni emulaciones sobre la idea original utilizada por Céspedes en su discurso me propuse incorporarlas en una especie de ejercicio intelectual y ameno por el que me adentré aún más en lo expuesto en la conferencia.

Comprendí las razones por las que Céspedes coloca a la ceiba junto a la palma como símbolo de Cuba. El árbol que las religiones afrocubanas consideran sagrado es fuerte y vigoroso. En su majestuosidad se descubre la reverencia ante lo divino. A los pies una ceiba que se encuentra en el recinto del Templete en la vieja ciudad, cuyo antepasado dio sombra a la ceremonia religiosa que sembró la semilla de San Cristóbal de La Habana, cada año se reúnen centenares de personas, habaneros por excelencia, para pedir en sus vueltas al tronco del árbol la realización de uno o varios deseos.

La fe de nuestro pueblo se mantuvo en su esencia primaria junto a la naturaleza de ceibas como ésta. En el parque de La Fraternidad se yergue otra todavía más bella, alimentada por tierras de todas las naciones americanas como símbolo de la hermandad que nos une a los pueblos del extenso continente. En ella se encuentran presentes los atributos de solidaridad y la amistad que distinguen a nuestra gente.

La capacidad de adaptación es otra de las características que distinguen al cubano. Es como la esos cactus que levantan sus brazos entre arecas y otras plantas en los alrededores del castillo La Fuerza, en el casco histórico de La Habana. Junto a ellos aparecen los troncos devastados de algunos laureles que la fuerza del viento arrancó de los sitios donde se asentaban desde hacía más de un siglo. Ahora a cientos de metros de su antiguo hábitat, dos de ellos retoñan con rapidez en su nuevo hogar. Solamente un viejo leño sigue mostrando en su desnudez la tristeza del desarraigo, como si se negara a seguir viviendo en un ambiente distinto.

Cuántas personas, arrancadas por tantas tempestades, que tratan de hacer rebrotar sus vidas en tierra extraña y hasta en la propia. Terminan por reverdecer mientras sostienen una lucha constante por seguir creciendo, hasta que logran florecer. Quizás el fruto ya no tenga el mismo sabor, pero han sobrevivido. Hay muchos laureles así en nuestra Isla.

Una de las plantas incorporada por Céspedes en su análisis es la yagruma. La diferencia de coloración entre las caras de sus hojas hace de ella la imagen ideal del mal de la simulación que nos agobia. Es lo que ocurre con tantos que dicen una cosa y piensan otra, o actúan de manera diferente a como sienten. Es un padecimiento que corrompe a la sociedad donde prolifera, trayendo consigo los peligros de la hipocresía, la falsedad y el engaño. Muchas veces se alega la necesidad de la simulación para resistir el embate de las adversidades y garantizar una supervivencia tranquila en medio de determinadas coyunturas. Sin embargo, estas actitudes, como las hojas de la referida planta, son endebles. Cuando el tronco de la yagruma se dobla por la acción de algún vendaval, las hojas secas y retorcidas abandonan el cuerpo que las sostuvo. Algo parecido ocurre con los dobles colores que asumen tantas personas para esconder el suyo original.

En una calle de Guanabacoa un cocotero se abraza al añoso tronco que crece a su lado. No se sabe a qué caprichoso evento se debe esta fraternal unión, y quien se beneficia más con el agarre. Algo similar ocurre con los que se sostienen de todo aquello que parece ser sólido para salvar sus vidas o al menos darle un sentido en su apoyo. Puede ser la religión, un ídolo, una idea o simplemente un proyecto de vida construido más en los deseos que en las posibilidades de realizarse. La gente se abraza a estas cosas fuertemente, lo cual puede ser beneficioso si el sostén lleva al encuentro con la luz, pero resulta fatal si el tronco que escogió para apoyarse carece de raíces o fundamento alguno. El derrumbe suele ser en estos casos estrepitoso y mortal.

En otra parte de la ciudad existe un árbol que para crecer ha seguido una curiosa manera de desarrollo. A varios metros de su raíz se extiende el tronco, en ángulo, para luego erguirse buscando la vertical que le permita burlar el estorbo del follaje del vecino de la misma familia que le quita el sol. En sus alrededores cada día se agrupan centenares de personas. Ellas también buscan la manera de abrirse hacia otras perspectivas en un crecimiento que se alarga hacia otros horizontes, donde esperan hallar elementos que sustenten su espíritu humano. Es un desviarse para luego enderezarse, como le ocurre al árbol, pero desvío al fin.

Otra comparación resulta de observar el horrible aspecto del flamboyán en nuestra temporada invernal. Sus ramas se secan y ennegrecen retorcidas. Ni una hoja denota que el árbol sigue con vida. Al llegar la primera en un abrir y cerrar de ojos las ramas se cubren de verdor y del colorido rojo sangre de su floración. Es la esperanza del retoño que siempre existe y que hace que lo bello oculto se exteriorice cuando se dan las condiciones. Es la confianza que debemos tener en que así resultará en nuestro caso como pueblo.

Durante su visita a Cuba, el Papa Juan Pablo II sembró dos plantas: una palma real y un roble, un gesto con el que quiso simbolizar la majestad, fuerza e identidad nacional que reconocía en esta tierra antillana. Hoy estas plantas crecen en el lugar donde fueron sembradas por el Santo Padre, quien manifestó de esta manera las cualidades universales que deben engrandecer a los hombres, y que puestas en terreno bueno crecen de la misma manera en que lo hacen las estas plantas sembradas por las manos del Pontífice. Es el mismo mensaje que presenta en su tesis Monseñor Carlos Manuel, cargado de fe en el futuro de esa Cuba que lleva dentro, como la llevan muchos de sus hijos. Igual que las plantas utilizadas en las metáforas, nuestra patria llevan en su simiente toda la información genética que le permitirá crecer con vitalidad. Esa semilla traída por nuestros antepasados seguirá germinando, dando nuevos retoños y sus mejores frutos, haciendo que el árbol de nuestra nación mantenga vida abundante y próspera. Gracias a Carlos Manuel de Céspedes por irradiar esa confianza a las generaciones presentes y futuras.


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